El conflicto mundial se proyecta sobre Milei y Lula

Carlos Pagni
El continente americano está atravesado por una disputa de alineamientos políticos plagada de ambigüedades, paradojas y contradicciones. No sucede algo distinto de lo que se registra en otras regiones del planeta. Sobre todo en Europa. Donald Trump es el agente principal de esta puja que se juega en el tablero de la competencia con China. La apasionada intervención de Javier Milei y sus colaboradores en favor de la apertura económica, a propósito de una operación de compra de tubos para un gasoducto construido por un consorcio petrolero privado, es parte de este debate global.
El conflicto se proyecta sobre Sudamérica en la tensión sistemática entre dos actores principales: Lula da Silva y Milei. Aunque, desde las últimas horas, comenzó a asomar otro protagonista: el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, que asumirá el mando el próximo 11 de marzo.
Trump lanzó una iniciativa sin antecedentes, que incomodó a varios líderes internacionales. Fue la creación de un Consejo de la Paz en el que se asignó el rol de presidente vitalicio, integrado por países seleccionados por él. El presidente de los Estados Unidos consiguió la adhesión de unos 22 Estados, sobre todo de Medio Oriente, Asia y Europa del Este. En cambio potencias europeas tradicionales, como Alemania, Francia, el Reino Unido, Noruega, Suecia e Italia rechazaron el convite.
El caso de Italia es interesante. No sólo por la relevancia de Giorgia Meloni en su continente, también porque ella es una aliada de Trump. Pero la primera ministra encontró una excusa elegantísima: la Constitución italiana prohíbe a los gobiernos adherir a organizaciones colectivas en las que esa nación no esté en paridad de condiciones con los demás socios. Es una coartada filosa, porque desnuda la capitis diminutio que toleran los que aceptaron la invitación.
En plena campaña electoral, la operación diplomática de Trump provocó reacciones mordaces en la oposición. El gobernador de California, Gavin Newson, posteó desde su oficina de prensa una foto trucada en la que el presidente de su país aparece rodeado de un par de líderes, entre ellos Vladimir Putin y Milei, y de varios villanos de ficción: Voldemort (Harry Potter), Darth Vader (Star Wars), El Guasón / Joker (DC Comics), Joffrey Baratheon (Game of Thrones), entre otros.
La presencia de Milei en el Consejo de Trump no podría ser más previsible. Desde el primer minuto de su campaña política él adelantó que su adscripción a los Estados Unidos sería automática. Mucho más si ese país es gobernado por el magnate republicano. Esa adhesión es compleja, como ya se advirtió en el discurso que pronunció en Davos. Subordinado en lo político, Milei es disidente respecto de Trump en su visión de la economía.
El mundo parece haber regresado al antiguo mercantilismo, es decir, a una concepción según la cual la prosperidad de las sociedades se debe a que el país exporta más de lo que importa. Ese resultado requiere que los gobiernos suministren protección. Es decir, supone una economía con fuerte intervención estatal. Trump es el sumo sacerdote de ese experimento.
Milei está en las antípodas de su mentor. Cuando se observan los argumentos que levanta en defensa del librecambio, desarrollados con más detalle por Federico Sturzenegger, queda la impresión de que se tratan de un pronunciamiento contra Trump. Nadie imaginaría que esas proclamas provienen de su más incondicional seguidor.
La paradoja es que Lula da Silva, que se distancia de Washington en las decisiones de política global, sintoniza en lo económico. Sin ir más lejos ayer, desde Panamá, donde participa del Foro Económico Internacional de América Latina y el Caribe, declaró a favor de que América latina procese algunos de sus recursos naturales más valiosos, las tierras raras, para de ese modo exportarlos como bienes con valor agregado.
Lula acaba de crear una agencia estatal para ejecutar esa política. Toca un nervio de la discusión internacional, porque las tierras raras son elementos químicos indispensables para la industria de los autos eléctricos, la energía eólica, la telefonía inteligente y los dispositivos para la Defensa. El acceso a esas materias es una de las batallas principales entre Estados Unidos y China en su carrera tecnológica.
Al coincidir con Trump en su proteccionismo, el líder del PT aspira a limitar a Trump. Pero tiene una restricción. El gobierno brasileño sigue negociando, con éxito, un régimen de comercio equilibrado con el de los Estados Unidos. Y logró que Trump revierta el aumento de 40 puntos porcentuales a las exportaciones de Brasil, tarifa que se aplicó en represalia porque el Superior Tribunal de Justicia estaba por condenar a Jair Bolsonaro.
Esta discusión obliga a Lula a tratar a su colega norteamericano con algodones. Por eso Itamaraty, la Cancillería brasileña, contestó con su tradicional astucia a la invitación para participar en el Consejo de la Paz. No dijo que no. Pero puso condiciones de cumplimiento imposible. Por ejemplo, que limite su agenda a tratar la situación de Gaza, que era el propósito inicial, y que en el equipo sea integrada Palestina.
Trump y su estrategia internacional es un motivo más de distancia entre Milei y Lula. La relación entre ambos sólo ha empeorado en los últimos tiempos. En especial desde que, en un posteo de X celebratorio de la captura de Nicolás Maduro, Milei difundió una foto del venezolano abrazado al presidente brasileño. A partir de ese momento, Brasil comunicó a la Argentina que dejaría de representar los intereses del país ante Venezuela. Italia se hizo cargo de esa delegación. Brasil está a cargo de la embajada de Perú en Caracas y de la de México en Quito.
En las últimas horas el vínculo entre los dos presidentes se agrió todavía más. Sería un error suponer que fue porque Milei aclaró que “no pondría a uno de mis perros el nombre de un izquierdista”, cuando el editor jefe de Bloomberg, John Micklethwait, le preguntó si llamaría “Lula” a uno de sus “hijitos de cinco patas”. La irritación se produjo porque el embajador argentino ante Israel, Axel Wahnish, agasajó en Tel Aviv a los hermanos Bolsonaro. Sobre todo a Flavio, candidato a presidente de la derecha de su país en contra de, es lo más probable, el propio Lula, en las elecciones del próximo 4 de octubre. El representante de la Argentina festejó que Bolsonaro sea un candidato pro-Israel.
En este mapa de poder regional acaba de producirse otro movimiento. El próximo presidente de Chile, Kast, se reunió en Panamá con el de Brasil y publicó la foto en su cuenta de X. La acompañó con este texto: “Los desafíos de América del Sur en materia de seguridad, progreso económico y superación de pobreza son enormes y la colaboración de Estado, entre Chile y Brasil, puede liderar el cambio que nuestra región necesita”.
Kast es un líder ultraconservador. Tiene una excelente relación con Milei, a quien visitó apenas ganó las elecciones. Pero en su entorno comentan que pretende modular la política exterior de una manera diferente a la del argentino. La foto con Lula es una demostración, a la que hay que agregar el uso de la palabra “liderar”. Kast quiere desplegar un movimiento propio, que podría poner también un matiz a su relación con Trump.
El acercamiento de Panamá hace juego con la gira que el canciller brasileño, Mauro Vieira, realizó esta semana por Ecuador, Perú y Bolivia. Son países gobernados por partidos de centro o centroderecha. Por lo tanto estas reuniones y visitas no deberían ser indiferentes para Milei y, sobre todo, para el canciller, Pablo Quirno. Una de las misiones del ministro es constituir un bloque de 10 países alineados con los Estados Unidos y liderados por la Argentina. Ese sueño, que debería verse realizado antes de mitad del año con una cumbre en Buenos Aires, comienza a ser desafiado desde otras naciones.
La plataforma desde la que Milei pretende acumular reconocimiento internacional es, como demostró en Davos, económica. Él levanta, en un mundo que pretende retroceder de la globalización con reflejos proteccionistas, la voz de la libertad de comercio y la retirada del Estado. Desde esa perspectiva está interviniendo, con la agresividad que lo caracteriza, en una operación entre privados. La compra de tubos con costura del consorcio Southern Energy, que integran Panamerican Energy, YPF, Pampa, Harbour Energy y Golar LNG, para la construcción de un gasoducto desde la formación Vaca Muerta hasta la costa de Río Negro.
La empresa que ganó la competencia fue la india Welspun. En segundo lugar, quedó Techint. Una información surgida del consorcio comprador indica que Techint ofreció el producto con un precio 40% más caro que el de su competidora. En el grupo que lidera Paolo Rocca no confirman esa cifra. Tampoco formulan una desmentida taxativa. Alegan que no están en conocimiento de la información precisa porque, al tratarse de una compra privada, los datos no son públicos.
Esa condición, la de ser una operación entre privados, vuelve inobjetable la decisión del consorcio que compra los tubos. Sus integrantes no sólo pueden, sino que, tal vez, deben adquirir la mercadería más conveniente al precio más barato.
Desde Techint aducen que la de los indios fue una oferta desleal. Parten de la premisa de que tal vez hubo una diferencia del 40% en el precio. En consecuencia, sostienen que para alcanzar esa ventaja, los indios deberían haber reducido los costos principales más allá de lo convencional. El más importante, si no se considera el flete, es el costo de la chapa, que representa alrededor del 60% del total. Por eso en Techint afirman que Welspun utilizó chapa china, cuya fabricación recibiría subsidios sustanciales del Estado. Apuntan, además, que los indios, pero también ellos, superaron a oferentes europeos y a un competidor mexicano, que propusieron precios más caros.
Esta es la razón por la cual pretenden ejercer un reclamo por dumping. Sería un planteo ante el Estado argentino, que es el encargado de garantizar que no haya trampas en la competencia. De nuevo: el comprador no está obligado a garantizar esa transparencia.
Milei y el ministro de Desregulación Sturzenegger irrumpieron en la discusión celebrando el resultado de la operación. No lo atribuyen a que los indios se hayan beneficiado de subsidios estatales, de China y del propio país, sino a que Techint exageró los precios para obtener una renta exorbitante. Es una toma de posición controvertida por la sencilla razón de que el Gobierno deberá dictaminar en un proceso administrativo acerca de si hubo o no dumping. Es, además, una falta de perspicacia, porque los argumentos de estos días quitarían fuerza a ese dictamen que, si fuera negativo para Techint, que es lo más probable, parecería derivar de un prejuzgamiento.
Milei y Sturzenegger describen una situación indiscutible: la economía argentina es muy poco competitiva, cerrada, y ofrece productos y servicios demasiado caros para los consumidores. Lo atribuyen, sobre todo Milei, a la existencia de un empresariado corrupto, que tiene capturado el mercado local mediante regulaciones y prebendas obtenidos a través de coimas o, tal vez, aportes de campaña.
En el caso del Presidente, esa explicación viene envuelta en una tormenta de insultos y de injurias que, por momentos, hacen dudar de que esté tan seguro de la calidad de sus argumentos.
La reducción del problema del costo argentino a razones morales, que sin duda operan, pone en segundo plano otra agenda de dificultades que son muy conocidas. Como el Presidente se enfurece, mejor no hablar de atraso cambiario. Pero se pueden considerar la rigidez laboral, el altísimo costo impositivo, las condiciones de seguridad e higiene impuestas a las compañías. Por suerte no hay problemas para mencionar esas contrariedades, debido a que el Gobierno comparte ese diagnóstico. Por eso promueve reformas en esos campos, que hoy están en el Congreso. De allí que suena extraño el discurso según el cual, si un competidor argentino pierde una licitación privada, es sólo porque no pudo corromper al comprador.
El fracaso de la oferta de Techint a un consorcio de particulares podría ilustrar el otro problema. Para comprenderlo mejor hay que tener en cuenta algunos datos. No se trata de una operación excepcional y aislada. El mundo de la siderurgia no es demasiado grande. Techint es uno de los fabricantes de tubos con y sin costura más importantes del planeta. Compite con los indios de Welspun en muchos mercados. Entre otros, como proveedores nada menos que de la industria petrolera saudí. Además, los que integran el grupo comprador, Southern Energy, son clientes habituales de esa compañía. Sobre todo YPF, PAE y Pampa.
En la licitación de los tubos hubo algunos pormenores curiosos. Techint mejoró su oferta. Los que denuncian que pretendía hacer un negocio leonino ponen esa mejora como una demostración de los supuestos sobreprecios. Los ejecutivos de la empresa alegan que decidieron renunciar casi por completo al margen de ganancia para poder mantener activa su fábrica de tubos de Valentín Alsina. Lo llamativo fue que entre los miembros del consorcio que aconsejaron tener en cuenta esa segunda oferta estuvo YPF, la empresa cuyo mameluco suele vestir el Presidente. También Pampa. Los otros tres socios rechazaron la idea.
Para volver al problema principal: en las relaciones de las empresas con el sector público hay mucha corrupción. Gran parte de la industria argentina es prebendaria y obtiene de esas prebendas rentas injustificadas. Pero también existe otro inconveniente: ¿es posible producir en la Argentina y competir con esa producción a escala internacional?
Milei y Sturzenegger se montaron sobre el resultado de la licitación privada del gasoducto para defender su discurso aperturista. Sturzenegger realizó afirmaciones que sería muy interesante ver desarrolladas en algún paper. Por ejemplo, que a cada importación corresponde una exportación. Ambos presentan el comercio internacional como si la tierra fuera plana. Es decir, como si no hubiera barreras proteccionistas que distorsionan los intercambios. En rigor, son determinaciones que interesan poco al oficialismo. Así entran miles de autos chinos y, según los ejecutivos de Techint, chapa del mismo origen convertidas en tubos. Parece mentira que quienes facilitan esos movimientos se sientan identificados con Trump.
La posición teórica de los integrantes del Gobierno es de una candidez conmovedora, porque los mismos funcionarios que la sostienen están intentando que su amigo Trump reduzca las barreras que impuso al ingreso de productos extranjeros en el mercado norteamericano. Entre ellos, la entrada del acero de Techint.
La agresividad con que el Presidente batalla en favor de su proyecto es muy significativa. En las últimas horas generó una gran inquietud en el empresariado. No sólo por los insultos. También porque, si se recortan sus consignas del contexto de la siderurgia y el petróleo, aparecen muchos sectores que tienen razón de sentirse amenazados. ¿Milei y Sturzenegger llevarán esas ideas a la industria farmacéutica? ¿Y al régimen de Tierra del Fuego? En este segundo caso están apareciendo novedades, como la eliminación de aranceles comerciales para la importación de teléfonos celulares.
Más allá del realismo o del espíritu utópico, o dogmático, que alimenta los planteos del Gobierno, en el fondo del debate palpitan motivaciones ideológicas. Es decir, un conflicto en la concepción de un tipo de sociedad. Milei sostiene, desde mucho antes de llegar al poder, que el mercado debe modelar a la economía sin intervención estatal alguna. Las fuerzas de la oferta y la demanda determinarán quién sobrevive y quién sucumbe. Es difícil encontrar un país donde se implemente por completo esa teoría. Europa, sin ir más lejos, acaba de congelar el acuerdo con Mercosur para asegurarse la supervivencia de los productores agropecuarios que son muy poco competitivos.
¿Es razonable, en nombre de la libertad de mercado, regalar un tejido productivo elaborado a lo largo de décadas? La pregunta tiene más sentido si se recuerda, como hace todos los días Trump, que en la escena internacional aparecen actores como China, que subsidian sus empresas hasta un punto que ni siquiera el empresariado norteamericano puede quedar expuesto al desafío. Alguien tan lejano al estatismo como Ricardo Arriazu recomendó el año pasado tomar conciencia del sistema en su totalidad, para que no aparezcan enormes bolsones de pobreza. Arriazu sintetizó: la destrucción es más veloz que la creación.
El país que imagina Milei parece sostenerse en el negocio agropecuario de la Pampa húmeda, y en las actividades extractivas de hidrocarburos y minería, en especial de la Cordillera. Son grandes aportantes de divisas. ¿Pero ese país primarizado alcanza para que no termine de naufragar la sociología de los grandes conurbanos? Jorge Liotti consignó este domingo que allí los signos de dinamismo se concentran el avance del trabajo semi-informalizado de las plataformas digitales. ¿Qué consecuencias políticas tendría esa reconfiguración? ¿Qué rumbo tomaría la inercia ya en curso de desindustrialización, con sus consecuencias de inseguridad y violencia urbana? Son incógnitas que obligan a pensar en una cuestión fundamental: la política, el buen gobierno, no son la aplicación automática de una receta de validez universal, como si la vida social fuera ajena a los condicionamientos y rigideces de la historia.
Por detrás de este debate que, con sus pésimos modales, introduce el Presidente, hay una rareza. La prensa reproduce los términos de la dichosa discusión sobre el “patrón productivo” de la Argentina. Termina enero y nadie habla del dólar. Es la fortaleza de Milei.


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