Las dudas que fortalecen la fe
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo

A veces me he encontrado con gente que piensa que dudar es contrario a la fe. ¿Será así? Mejor es no hacer juicios prematuros y afirmaciones tan generales. Hubo muchos santos que tuvieron sus “noches oscuras”, a quienes no les resultó apacible el camino de la fe. Hoy el Evangelio (Juan 20, 19-31) nos propone acercarnos a la experiencia del Apóstol Santo Tomás y su progreso en el Encuentro con el Resucitado. El Evangelio nos lleva al mismo día de la Resurrección por la tarde: el Domingo.
Imaginemos a los discípulos encerrados, temerosos, desorientados. En ese espacio, Jesús se aparece y su primera palabra es “¡La Paz esté con ustedes!”. El fruto de la Pascua es la PAZ, porque nos hace hermanos. Ese DON de la PAZ lo pedimos con fuerza unidos al Papa León XIV. Jesús “les mostró sus manos y su costado” para que no lo confundan con un fantasma, y porque el Resucitado es el Crucificado.
Durante la Última Cena les había dicho: “Como el Padre me amó, también yo los he amado” (Juan 15, 9) Ahora “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” Hay correlación entre el amor y el envío. “Sopló sobre ellos”, dándoles nuevo aliento de vida. “Reciban el Espíritu Santo”. El envío y la misión son dados a la Comunidad reunida. San Juan une también la efusión del Espíritu para la misión.
¡Qué tierno momento de consuelo y aliento! No hay lugar para el reproche o la queja; no los juzga, sino que los anima y envía. Así, Jesús se hace presente en nuestra comunidad, incluso cuando hay miedo o incertidumbre.
El Evangelio destaca la ausencia de Tomás y su dificultad para confiar en el testimonio de los discípulos. Le podemos aplicar la expresión “brilló por su ausencia”.
“Ocho días más tarde”, de nuevo el Domingo y la comunidad reunida. Ahora sí está Tomás. Su pretensión no es inocente. Quiere ver los vestigios de las heridas del Crucificado. Podemos recordar uno de los pasajes leídos en la Semana Santa “por sus heridas fuimos sanados” (Isaías 53,5).
Jesús accede a su deseo: “aquí están mis heridas…”. El desafío es encontrar al Resucitado en sus llagas abiertas, en los crucificados de hoy, en quienes tienen la vida rota. Una espiritualidad sin la “carne sufriente” del Señor nos aisla del mundo y la humanidad, nos encierra en un termo.
Todos vamos acumulando heridas del camino. Es inevitable. Las propias torpezas, las de los demás… Las propias fragilidades y las de los demás… Propósitos no alcanzados (y demandados). Traiciones en el amor. Incomprensiones en el trabajo o la familia…
Relatos de las guerras… Nos conmueve el sufrimiento de los inocentes.
Jesús es el Buen Pastor Resucitado que quiere sanarnos. Nos llama a cuidar las heridas con ternura porque allí está Él; cuidar las llagas personales, y las ajenas como propias. Nos motiva a no pasar de largo ante mí ni ante otros, tomando el ejemplo del Buen Samaritano (Lucas 10, 25-37).
Una hermosa canción expresa que “al final de la vida llegaremos con la herida convertida en cicatriz”.
Debemos cuidarnos de miradas triunfalistas que niegan la realidad de la cruz. Tomás representa nuestra capacidad de dudar, de necesitar pruebas, de buscar respuestas. Jesús no lo rechaza, sino que lo invita a tocar, a experimentar. De la duda nace una fe renovada, una confesión profunda. Tomás pasa de la incertidumbre al encuentro personal. San Gregorio Magno dijo que “las dudas de Tomás nos ayudan más a nuestra fe que la fe de los otros apóstoles”.
¿Qué dudas o preguntas tengo sobre mi fe, mi vocación, mi futuro? ¿Me atrevo a acercarme a Jesús con honestidad, como Tomás? ¿Qué sucede cuando lo reconozco? ¿Puedo encontrar en la “carne sufriente” de quienes tienen la vida rota el llamado de Jesús a sanarlo?


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