Si los números hablan, habrá que concluir que Sergio Massa consiguió un “aprobado” en su primer mes de gestión. Los dólares financieros cayeron 14% en promedio y terminaron debajo de los 300 pesos. La brecha cambiaria pasó de casi 130% a 100%, las acciones volaron en promedio más de 30% en dólares y el riesgo país cedió más de 400 puntos básicos. Los mercados celebraron que la nueva gestión sacó el pie del acelerador y alejó el peligro de que la economía cayera a un precipicio.

El ministro de Economía tuvo la habilidad de mantener altas las expectativas del mercado, con anuncios a lo largo de cada una de las tres primeras semanas desde que asumió. En ese recorrido primero efectuó un canje de bonos por dos billones para alejar los temores de un reperfilamiento de la deuda en pesos. Luego consolidó su margen de maniobra, al nombrar a alguien propio en la secretaría de Energía y más tarde con la designación de Gabriel Rubinstein como viceministro luego de dos semanas de idas y vueltas.

Ese esquema inicial se completó la semana pasada con medidas concretas en el plano fiscal. Incluyó tanto un aumento de la presión impositiva (como el caso del anticipo de Ganancias para grandes empresas) pero también decisiones concretas para ajustar el gasto público. Todo esto acompañado por la decisión de dejar de emitir vía adelantos transitorios del BCRA.

El objetivo es cumplir con la meta de déficit primario de 2,5% que se acordó para este año con el FMI. Pero se trata de un objetivo complejo. La segmentación tarifaria, por ejemplo, aportará muy poco ahorro vía baja de subsidios en los cuatro meses que quedan por delante en 2022.

El “veranito financiero” de las últimas semanas fue impulsado además por el mejor clima de los mercados internacionales, con Wall Street acumulando significativas subas y un regreso de fondos a los mercados emergentes. Es complejo estimar qué proporción de la suba se explica por el factor puramente externo y cuánto por las decisiones locales. Pero es evidente que el cambio de aire generado por la llegada de Massa tuvo una influencia decisiva al menos en este arranque.

El escenario externo, sin embargo, no ofrece garantías. El viernes el titular de la FED, Jerome Powell, dijo que continuará la agresiva suba de tasas en los Estados Unidos para combatir la inflación y anticipó que será “doloroso” para la población. No son buenas noticias para países como la Argentina y obligará a Massa a redoblar esfuerzos para mantener la buena respuesta de las variables financieras que consiguió a partir de su desembarco.

En la “hoja de ruta” del ministro de Economía aparecen en el futuro inmediato dos cuestiones con mucha nitidez. La más acuciante es encarar los desafíos que presentan el frente cambiario y la necesidad de fortalecer las reservas del Banco Central. El segundo es consolidar los contactos internacionales para reinsertar a la Argentina en el mundo luego de dos años y medio de un pelotazo en contra tras otro, tanto del Presidente, Alberto Fernández, como su vice Cristina Kirchner.

Ante la decisión de no devaluar, manteniendo la suba gradual del dólar oficial, Massa optó por ofrecer incentivos fiscales a los sectores que son intensivos en la generación de dólares: energía, campo y economía del conocimiento. Se trata de mejorar el tipo de cambio para los exportadores, pero evitando un salto brusco del tipo de cambio.

Las negociaciones con el sector agropecuario para que liquide más dólares a partir de estos incentivos impositivos están por ahora empantanadas. El “dólar soja” fracasó estrepitosamente y ahora se busca un nuevo esquema para fomentar el ingreso de divisas.

El objetivo de Massa es que las mejores condiciones que se negocien con el sector no queden en las arcas de las cerealeras, sino que lleguen a los productores. Son ellos los que finalmente retienen la producción a la espera de una mejora del tipo de cambio.

Massa, el miércoles, encabezando una de las tantas reuniones de su hiperactiva gestión.

En las discusiones aparecen distintos actores del sector agropecuario, cada uno con su postura. Las discusiones giran en torno al tipo de cambio que se debe tomar en referencia para calcular luego el “premio” que terminarán recibiendo, que podría ser impositivo.

Mientras que las cerealeras piden que se tome de referencia el valor de exportación, los productores prefieren guiarse por el dólar ROFEX, mientras que los acopiadores piden un certificado de garantía contra las ventas de las cerealeras. En el gobierno reconocen que las discusiones están trabadas: “En el agro se pelean entre ellos a ver quién se quedaría con el premio”, explican.

El frente cambiario arrastra problemas muy profundos, empezando por el cepo y los múltiples tipos de cambio. El dólar oficial sube ahora a un ritmo de 5% mensual y sigue corriendo por detrás a la inflación. “El tipo de cambio medido por el índice Big Mac, debería ubicarse en $174, ajustado por la productividad de Estados Unidos y Argentina”, asegura un informe realizado por el IERAL de la Fundación Mediterránea. Esta medición sugiere, por lo tanto, que el dólar oficial debería tener un salto discreto de alrededor del 28%. Pero una devaluación de estas características ya fue negada por Massa en varias ocasiones, tanto en público como en privado.

La Fundación Mediterránea, ahora bajo la conducción de Carlos Melconian, fue más allá en el análisis: “Seguir frenando importaciones a través de cupos no focaliza en el verdadero problema detrás de las escasas reservas del Central: un tipo de cambio oficial sobrevaluado y los problemas derivados de la instalación de los cepos”.

Consultatio Asset Management apuntó en la misma dirección en su último informe semanal: “El frente cambiario es por donde menos avances muestra la gestión de Massa y donde el tiempo corre más rápido. Entendemos con el nombramiento de Rubinstein, el escenario de desdoblamiento cambiario suma probabilidad”.

El balance cambiario del Central refleja claramente los desequilibrios que debe enfrentar la economía argentina en ese frente. Lo más llamativo y al mismo tiempo imperioso, proviene por el lado del turismo. Según los números de julio, se fueron en gastos de viaje al exterior y uso de la tarjeta de crédito nada menos que USD 750 millones. Semejante egreso no se registraba desde principios de 2018, antes que estallara la crisis cambiaria durante el gobierno de Mauricio Macri.

Salir del cepo y unificar el mercado cambiario es el final de este camino, como ya sucedió en 2015. Pero difícilmente Massa lo pueda implementar por tres razones fuertes. La primera es que precisa un mayor nivel de reservas en el Banco Central. Además, implicaría sincerar el tipo de cambio, algo que no está disponible por motivos políticos pero además por las consecuencias sociales. Por último, la proximidad del período electoral vuelve casi imposible tomar medidas de fondo, las que en todo caso serán responsabilidad de la próxima administración.

La cena de Massa con los embajadores del G-7 del viernes por la noche fue el segundo paso para avanzar en la agenda internacional, luego de su presentación la semana anterior en el Consejo de las Américas.

El fin de semana próximo partirá a Washington donde buscará aceitar las relaciones con los organismos multilaterales, asegurarse el próximo desembolso de USD 4.000 millones con el FMI pero además realizar una revisión integral sobre la marcha del programa con el organismo.

Estas negociaciones serán claves para definir cómo sigue el plan que trae Massa y sobre todo determinar si es factible continuar con el cepo tal como está funcionando ahora hasta el 10 de diciembre de 2023, o por el contrario hay margen para avanzar con una medida intermedia para llegar a la normalización, como podría ser un desdoblamiento cambiario.

FuenteInfobae