Líder. Lionel Messi con la pelota en los pies para conducir al equipo a la final del Mundial 2026.

 José Luis Lanao

Siempre he creído que la belleza de la nieve lleva dentro una bendición; su mortaja blanca nos iguala a todos. Luego viene el deshielo y nos coloca a todos en su sitio. “El rey soy yo”, le vino a decir Messi al monarca británico, después del triunfo de Argentina.

Este miércoles todo es de un brillo salvaje, luminoso, que contagia, cautiva. La felicidad muestra sus vísceras y mueve las caderas en las esquinas. Hay un afuera que supura, que te hierve la sangre, que no encuentra la calma y te atraviesa. Eso sí. Llevamos la épica unida al sufrimiento. Sufrir es lo nuestro. En la primera parte, el partido se presentó bronco, rocoso, con marcas pegajosas, con falta de creatividad. Demasiado respeto por el adversario, y con ambos conjuntos más preocupados por el error del contrario que por el acierto propio.

El segundo tiempo fue otra cosa. A partir del gol de Inglaterra, la selección sacudió sus fobias, se llevó por delante al adversario y desarrolló los mejores minutos de este mundial. Con esa humilde y sencilla interpretación del fútbol ofensivo, sin veladuras de fantasías, sin complejos; lejos, muy lejos, de los supremacistas del fútbol austero. Pasó a dominar la posesión. Pero poseer por el solo hecho de poseer no determina una filosofía futbolística, si esta no es vertical, incisiva, atrevida, descarada, “insultante” con el adversario. Y Argentina lo fue, alcanzó el empate ante una Inglaterra desfigurada, y Lautaro sentenció el partido.

En nuestro país los pobres forman ya un mar tempestuoso que se bate contra los acantilados del hambre. La vida duele, pero hay momentos donde la belleza te rescata. Esa belleza futbolística, olorosa, de vida corta, que en estos tiempos sombríos es todo lo que tenemos. Argentina está en la final. Hoy la esperanza brota en unos corazones que saltan libremente bajo las camisetas, y el humanismo patrio reclama un abrazo, una sonrisa, una lágrima, mientras el olor a pueblo inunda las calles, rabiosamente perfumadas, de esta alegría infinita.

(*) José Luis Lanao es exjugador de Vélez, clubes de España y campeón Mundial Tokio 1979. Esta columna de Opinión fue publicada originalmente en el diario Página/12.