Matriz energética argentina: claves de una transición ordenada

La matriz energética argentina atraviesa una etapa de transformación marcada por el crecimiento del gas natural, la expansión de las energías renovables y la necesidad de fortalecer la seguridad energética en un contexto internacional cada vez más desafiante. La combinación de recursos disponibles, infraestructura y mix energético define hoy uno de los principales ejes estratégicos para el desarrollo del país.
En un escenario donde la transición energética ocupa un lugar central en la agenda global, comprender la matriz energética argentina y su transformación permite analizar cómo el país busca equilibrar crecimiento económico, abastecimiento y reducción de emisiones a largo plazo.
Qué es la matriz energética y por qué determina la resiliencia de un país
La matriz energética es la representación cuantitativa de todas las fuentes de energía primaria que un país utiliza para abastecer su demanda interna. La matriz energética de Argentina hace referencia a la estructura y combinación de fuentes de energía que el país utiliza para satisfacer sus necesidades energéticas.
Esta matriz se enfoca principalmente en la energía primaria, que son los recursos energéticos extraídos directamente de la naturaleza y que aún no han sido transformados o procesados. Incluye gas natural, petróleo, carbón, hidroelectricidad, energía nuclear, eólica, solar, biomasa y otras fuentes renovables, medidas en toneladas equivalentes de petróleo (TEP) o en megavatios hora (MWh) según el tipo de análisis.
La matriz energética es útil para realizar análisis y comparaciones sobre los consumos energéticos de un país a lo largo del tiempo, o para comparar con otros países, y es una herramienta fundamental para la planificación.
Su composición revela el grado de dependencia de importaciones, la vulnerabilidad ante shocks externos, la capacidad de respuesta ante picos de demanda y el nivel de emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a la actividad económica.
Un país con matriz diversificada puede compensar caídas en una fuente con incrementos en otra; uno con alta concentración en un solo recurso queda expuesto a volatilidad de precios y riesgos geopolíticos.
La resiliencia energética no se mide únicamente por la cantidad de energía disponible, sino por la flexibilidad del sistema para adaptarse a cambios abruptos. Durante la última década, eventos como conflictos internacionales, restricciones de suministro de gas natural licuado (GNL) y variaciones climáticas extremas demostraron que la seguridad energética depende tanto de la infraestructura física como de la capacidad de gestión estratégica de los recursos propios.
En ese sentido, contar con reservas probadas, capacidad de producción local y redes de transporte adecuadas constituye la base de cualquier estrategia de largo plazo.
Foto actual de la matriz energética argentina
En la matriz energética primaria, es decir todas las fuentes de energía antes de ser transformadas, Argentina aún se apoya en los combustibles fósiles. En 2024 el 82,6% del total provino de fuentes como el gas natural (46,8%), el petróleo (34,8%) y el carbón (1%).
Esta estructura refleja décadas de desarrollo de la industria hidrocarburífera y una búsqueda sostenida de autosuficiencia energética, desde los primeros yacimientos convencionales hasta la reciente expansión de recursos no convencionales en formaciones como Vaca Muerta.
- El gas natural ocupa el primer lugar por su versatilidad: alimenta centrales térmicas de generación eléctrica, abastece la demanda residencial e industrial, y se utiliza como insumo en procesos petroquímicos.
Su predominio se consolidó a partir de la década del setenta, cuando grandes descubrimientos y la construcción de una extensa red de gasoductos permitieron su penetración en todo el territorio nacional.
- El petróleo, por su parte, mantiene su relevancia estratégica en el sector transporte y como materia prima para refinación. La producción de crudo experimentó un salto significativo con el desarrollo de shale oil en Vaca Muerta.
- En paralelo, las energías renovables de Argentina no convencionales registraron un avance sostenido. El parque de energías renovables durante 2025 incorporó 1.010 MW de potencia nueva, un crecimiento que permitió alcanzar en diciembre una cobertura del 19,6% del total de la demanda eléctrica.
Ese desempeño del sector se alcanzó con una capacidad instalada total de 4.496 MW en energía eólica, respaldada por 1.240 aerogeneradores, y 2.464 MW en solar fotovoltaica, que ya cuenta con más de 6 millones de paneles en todo el territorio nacional.
- La energía hidroeléctrica y nuclear completan el panorama. La hidroelectricidad sigue siendo una fuente importante para la generación de electricidad, con centrales emblemáticas como Yacyretá, Salto Grande y el complejo del Comahue. La nuclear, con las centrales Atucha I, Atucha II y Embalse, aporta generación de base con baja huella de carbono.

Vaca Muerta: garantía de gas abundante durante la transición
La producción de gas natural en Argentina podría alcanzar un nuevo máximo en 2026, tras crecer cerca de 15% entre 2021 y 2025, impulsada principalmente por el desarrollo de Vaca Muerta en la Cuenca Neuquina.
Esta formación geológica, ubicada en las provincias de Neuquén, Río Negro, Mendoza y La Pampa, mantiene la segunda reserva mundial de gas no convencional (308 Tcf recuperables) y cuarta de petróleo shale (16 mil millones de barriles, según EIA).
El desarrollo de Vaca Muerta modificó radicalmente el balance energético del país. Hasta mediados de la década pasada, Argentina debía importar GNL durante los meses de invierno para cubrir picos de demanda. Esta expansión contribuiría a reforzar el abastecimiento en el Área Metropolitana de Buenos Aires y el Litoral, además de reducir la dependencia de gas natural licuado (GNL) y de combustibles alternativos durante el invierno, cuando la demanda alcanza su pico y el país suele recurrir a importaciones.
La puesta en marcha del Gasoducto Néstor Kirchner permitió evacuar volúmenes crecientes desde la cuenca hacia los centros de consumo, eliminando restricciones logísticas que limitaban la producción.
La infraestructura en construcción apunta a consolidar la capacidad exportadora. TGS ya inició los trabajos de ampliación del gasoducto Perito Moreno con miras a expandir el sistema que abastece a Buenos Aires y zonas del Litoral del país, pero que también permitirá proyectar el mercado regional del gas hacia Brasil a través del Gasoducto del Norte. La obra nació como una iniciativa privada que apunta a potenciar el sistema actual llevándolo de 21 millones de metros cúbicos diarios (Mmm3/d) a 35.
En materia de exportaciones, el contrato entre Southern Energy y Securing Energy for Europe establece que Argentina exportará dos millones de toneladas anuales de gas natural licuado hasta 2035, posicionando al país como proveedor emergente en el mercado global de GNL.
Este tipo de acuerdos de largo plazo genera divisas, atrae inversión extranjera directa y permite financiar la expansión de infraestructura crítica.
Tendencias mundiales: transición energética fuera del debate teórico
Este año se ha reforzado la coexistencia entre la fuerte expansión de las energías renovables, el continuo aumento de la demanda mundial de energía y la persistente dependencia de los combustibles fósiles.
Lejos de los escenarios lineales que proyectaban un reemplazo rápido de hidrocarburos por renovables, la realidad muestra una transición heterogénea, condicionada por factores geopolíticos, tecnológicos y económicos.
Como el carbón todavía representa el 30% de las necesidades energéticas mundiales, pasar al gas como combustible de transición es una opción convincente. El gas produce solo la mitad del dióxido de carbono del carbón y el 70% del petróleo cuando se quema, y genera considerablemente menos contaminación, lo que lo convierte en la opción de combustible fósil más limpia.
Esta característica explica por qué países desarrollados y emergentes mantienen inversiones significativas en infraestructura de gas natural, incluso mientras expanden su capacidad renovable.
La intermitencia de fuentes eólicas y solares exige respaldo firme. En muchos sistemas eléctricos, el gas se utiliza como respaldo para la generación renovable. Las centrales de gas pueden aumentar o reducir su producción con relativa rapidez, lo que permite equilibrar redes eléctricas donde la energía solar y eólica tienen una participación creciente.
La diferencia entre países desarrollados y productores de hidrocarburos radica en el punto de partida. Europa, con alta dependencia histórica de importaciones, prioriza diversificación de proveedores y aceleración de renovables para reducir vulnerabilidad geopolítica.
Estados Unidos, con abundancia de shale gas, utiliza el gas natural como base de su matriz mientras expande solar y eólica. Países productores como Argentina, Qatar o Australia enfrentan el desafío de monetizar sus recursos fósiles para financiar la propia transición, sin quedar atrapados en infraestructura que pueda volverse obsoleta.
Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el momento actual refleja que el sector energético es el eje central de la seguridad económica y nacional de los países, lo que aumenta la importancia de la resiliencia, la diversificación y las inversiones en infraestructura. En ese contexto, la transición energética dejó de ser un debate exclusivamente ambiental para convertirse en un tema de seguridad estratégica.
El planteo argentino: gas como combustible puente, renovables en expansión y exportación de hidrocarburos
La estrategia argentina combina tres pilares: utilizar el gas natural y otros combustibles puente de menor emisión relativa, expandir la capacidad renovable para cubrir demanda eléctrica creciente, y exportar hidrocarburos para generar divisas que financien infraestructura y desarrollo tecnológico.
El gas es considerado un vector de transición, con menores emisiones que el carbón y el petróleo. Cada vez más demandado, sirve a la generación eléctrica y como respaldo a las energías renovables intermitentes, en un proceso acelerado de electrificación y dadas las posibilidades crecientes de comerciar GNL.
Este enfoque reconoce que la descarbonización no puede realizarse de manera abrupta sin comprometer la actividad económica, el empleo y el acceso energético de la población.
El desarrollo de renovables avanza con fuerza. La generación renovable sigue creciendo, con un alza general de las energías limpias de 5,5%, de la solar con 24,1%, la biomasa con 78,1% y la eólica con 3%.
Proyectos emblemáticos como el Parque Eólico Las Campanas en Neuquén y el Parque Solar Arauco I en La Rioja demuestran la viabilidad técnica y económica de estas tecnologías en distintas regiones del país.
En el ámbito local, en Argentina se proyectan inversiones que superan los US$4.500 millones en nueva capacidad renovable para finales de este año, impulsadas principalmente por contratos privados en el Mercado a Término. Creció un 50,8% interanual en el último periodo y la tendencia para este 2026 es la desregulación, permitiendo que grandes usuarios y generadores cierren contratos directos con mayor flexibilidad, lo que dinamiza la cadena de valor local.

La evolución de la matriz energética argentina también abre una oportunidad para fortalecer el desarrollo tecnológico, atraer nuevas inversiones y ampliar la competitividad del país en el escenario energético internacional.
La combinación de infraestructura, recursos disponibles y planificación de largo plazo será determinante para sostener un crecimiento energético más eficiente y con mayor capacidad de adaptación frente a los cambios globales.


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